lunes, noviembre 13, 2006

El recuerdo de un llanto



Su acto casi maduro -él nunca llegó a serlo- encendió a duras
penas, pero con gran curiosidad, un amplio replanteo. Lo llegué a ver como un niño sufriendo el peor de los castigos; y a su vez la mayor tentación que pudiera estimularse al sentir prohibición alguna. Un dulce tirón de orejas sería su sentencia en caso de violar su abstención. ¡Claro, siempre y cuando fuese un niño! ¿Cuál sería la suya? El volver a ser un infante lo desafió, este desafío caló en lo más profundo de su ser, con tal vértigo no hubo censura que pudiese quebrar ilusión. Fue un pensamiento efímero, ¿quién lo creería?
Un pensamiento se transforma en un tubo de oxigeno que lo habilita en condiciones para sumergirse en aquel río de abstracciones. Se aventuró en aquel desierto de pensamientos. Buscó su identidad. La encontró. La expuso, y al verla frente a él supo que no era Ella su identidad.
Celoso hasta de los sueños decidió no dormir. Algunas noches de desvelo le fueron suficientes para comprender qué es un sueño.Se moralizaba y desmoralizaba tan rápido como aquellos efímeros pensamientos que eran considerados ya un problema -pude leerlo en sus ojos-.
Me preguntaba qué pasaría cuando las sombras del futuro lo tomasen por sorpresa, y de la mano y con cálida voz lo invitasen a despertar su inconciente. Tuvo tal intensidad mi pregunta que pareció resonar en sus largos cabellos. El viento se aquietó y los árboles percibían el agua, él esperaba con ansias el dulce tirón de orejas. Brillosos pétalos caían de algún lugar. Cerró sus ojos y cayeron las primeras, al pasar segundos fue conmovedor no sólo ver sino sentir aquel desahogo.
La paz nos invitó a sentarnos a su mesa. No olvidaré aquellos ojos cristalinos. Fue la última vez que lo vi.



Lupus