Almas húmedas
Te incaste en las piedras y con tus dos manitas tomaste el agua para echarla sobre tu cara, de ese modo una, dos, tres veces. Luego a tallar y a echar otra vez el agua, una, dos, tres veces. Ya de paso decidiste quitarte la ropa y bañarte. Sentiste el agua fría, luego más fría y más que frías le siguió. Una mano tocó tu pie, no histe caso -no distinguiste entre peces y la mano-. Sentías una vibra extraña aunque todo era normal. Unos cabellos se enredaron en tu pierna, y ahora sí hiciste caso. Te sumergiste rápidamente, no lo podías creer. "¿Qué hacen cabellos aquí? -te preguntaste extrañado-". Y ya sumergido lo viste todo. Era una mujer con un ojo abierto y uno cerrado, con un brazo extendido hacia ti y con el otro apuntando al norte. "Me arrastra -balbuceó-, yo no quiero ir y aún así me lleva. No dejes que me lleve o que nos lleve juntos". Nadaste y nadaste, pero no llegabas a la superficie. Continuaste nadando, pataleando y no llegaste a la superficie.
Papá y mamá no descansaron hasta hallar tu cuerpecito en unas rocas, allá cerca del puente del otro pueblo. Al mes nos marchamos para la capital. Ahora estoy aquí, en las piedritas donde te incaste. Me incaré y me quitaré la ropa. Nado, nado al fondo del río y sólo espero a que una mano o un cabello me toquen. Un dedito muy pequeño acaricia mi rodilla y yo me sumergo para verte. Eras tú, un niño con un ojo abierto y uno cerrado, con un brazo extendido hacia mí y con el otro apuntando al sur.
"El río es un hombre solitario que se lleva almas para hacer menos sola su soledad, pero luego, las almas que se lleva se sienten solas y también se llevan almas. Yo a ti no te voy a llevar -me susurraste-. Ya buscaré a otra para llevarme".



